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A pura fiesta
100 años de Punta del Este (3)
Una colección de
recuerdos
Punta del Este cumplía sus
flamantes 17 años el día que yo nací. Mientras de muchacho,
llegaba desde Montevideo a disfrutar de sus playas, por algunos
memoriosos coleccionistas de recuerdos me fui enterando de su
vida lejos de pensar que terminaría afincándome en el lugar.
Una vetusta torre de agua abandonada en el
centro de un descampado de la Parada 3, me tentó a mi primer
anclaje.
Era una especie de molino deshabitado de aspas,
pero ideal para instalar mi atelier puntaesteño. Estaba lejos de
imaginarme, que medio siglo más adelante, la torre sería
degollada del paisaje para dar lugar al nacimiento del Conrad.
Sin darme cuenta ese molino pasó a convertirse
en mi mirador para observar su crecimiento y a la vez en una
posta donde recibir a los amigos.
En ese momento los argentinos se sentían sus
descubridores y turísticamente lo eran. Al igual que Solís
desembarcaron para plantar sus banderas de buen gusto,
invirtieron en el lugar, construyeron sus residencias y le
inyectaron todo su empuje de pioneros. Viajeros empedernidos como
eran, las playas de Europa ya les aburrían y nada tenían de
comparable a ese paraíso que tenían a su disposición con sólo
cruzar el charco.
Los uruguayos lugareños acompañaron ese ímpetu
y de golpe, lo que apenas eran arterias de tierra, pinares y
arena, comenzó a transformarse como una escenografía teatral.
Impregnados de nostalgia los chalets de teja colorada cedieron el
paso a la construcción en altura, fueron podadas las piernas del
histórico ferrocarril, el cemento permitió el enlace de la
península con Maldonado y el turismo se despertó abriendo las
puertas a las posibilidades.
La voz cruzó las fronteras y la invasión de
veraneantes motivó de inmediato la creación de mejores servicios.
El obrero de la construcción se transformó en camarero, el
parrillero se convirtió en chef, el futbolista en “personal
trainer”. Para estar a una altura internacional, esa exigencia
avasallante, obligó a la creación del sereno, el croupier, el
cuidacoche, el salvavidas, o la baby sitter.
Gracias a este ejército de modestos asistentes
invisibles, la rueda de Punta del Este no dejó de girar
manteniendo su ritmo y afirmando su prestigio internacional.
Al mismo tiempo la actividad social enriqueció
la dinámica de los veranos con renovados acontecimientos
culturales, o el arribo de artistas, escritores y pintores de
renombre.
Por Punta del Este pasaron Omar Sharif, Pier
Angeli, Silvina Bullrich, Borges, Neruda, Piazzolla, Quinquela
Martín, Mariano Mores, Dominguín, Cantinflas, Guevara, y el más
heterogéneo cortejo de personajes y fueron memorables las
conferencias de Rafael Squirru en la Azotea de Haedo, los
conciertos en la Catedral de Maldonado, las actuaciones de
Vinicius de Moraes en la Fusa.
El tiempo pasó arrasando con apellidos y
nacionalidades. Los que antes eran apenas argentinos, ahora son
brasileños, ingleses, americanos, guatemaltecos, colombianos,
chilenos.
Desde los días iniciales en el Molino hasta la
fecha, siento haber aportado con Casapueblo un modesto fragmento
dentro de sus transformaciones. Esa experiencia me hace temer en
su futuro.
No creo que la belleza de su naturaleza y la
calidad de sus habitantes, tenga fuerzas suficientes para fijarle
límites a ese avance tentador de la inversión internacional que
hoy la desborda.
A esta altura de mi vida y de mis años, confío
en la madurez del gobernante para que a partir de este
cumpleaños, Punta del Este obedezca a un plan de crecimiento
científicamente elaborado evitando que se transforme en un espejo
de Miami.
Por Carlos Páez Vilaró Para LA NACIÓN
Fuente:
www.lanacion.com.ar
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