|
Casualmente ese año ocurrió el naufragio de un barco, al que no sin esfuerzos enormes se
consiguió salvar y cumpliendo la promesa se alistó uno de los remolcadores y se
embarcaron con el Sr. Lussich, Samuel Blixen, Arturo Brizuela y otros, a la
sazón prestigiosos redactores de los principales diarios de Montevideo.
La excursión no podía ser más agradable; el río ofrecía
múltiples atractivos, pudiendo ir apreciando la costa uruguaya, tan ondeante,
tan sinuosa, hasta donde llegaban las olas para deshacerse en las arenas o
golpear fuertemente en las rocas para transformarse en espuma.
La pesca fue, durante el viaje, otro gran atractivo, pero
ninguno, como la chispeante e ingeniosa verba de don Antonio y de Blixen.
Después de varias horas de lento navegar llegaron a Punta del Este, cuyos
encantos naturales ya eran conocidos a pesar de que ni el ferrocarril ni los
caminos lo hicieran accesible al turismo, entonces incipiente.
Aún estaba desierta la que es hoy una de las localidades
veraniegas más concurridas del Río de la Plata. Sus contadas casas tenían su
techo de zinc o de paja; sus paredes de barro cocido, su piso de tierra. Allí se
encontraba don Pedro Risso, alma mater del lugar, quien les brindó hospedaje
invitándolos después a comer un cordero en Punta Ballena. Accedieron gustosos y
se preparó el paseo.
Al llegar al paraje señalado los atrajo la grandiosidad de las
grutas, el mar, las sierras y las arenas. Samuel Blixen, ante la contemplación
de tanta maravilla no pudo menos que exclamar: "Esto es una revelación...", en
tanto que el señor Lussich le replicaba con estudiado escepticismo: "Pues a mí
me parece poca cosa", explicándole los motivos que tenía para considerarla así y
tratando de no darle más importancia a todo lo que veían asombrados. Entonces
Blixen, un tanto amostazado, le dijo: "Se conoce que usted no es artista". Se
cambió de tema. Se almorzó alegremente. Risso, siempre tan comunicativo, contó
que se iban a vender esas tierras y esas rocas, que había varios interesados, él
entre otros, a lo que dijo el Sr. Lussich: "Yo no daría ni un céntimo por todo".
Volvieron a Punta del Este.
Don Antonio Lussich averiguó el nombre del entonces dueño de Punta Ballena, fingió
una dolencia que no podría disipar estando en Punta del Este y anunció su
precipitado viaje a Montevideo, para regresar días después. Naturalmente que
Samuel Blixen y sus colegas de periodismo insistieron en acompañarle pero les
prometió formalmente volver enseguida recomendándolos en forma especial al Sr.
Risso.
"El Huracán" se hizo a la mar. Llegó el Sr. Lussich a
Montevideo y entabló la compra de esa propiedad. Ofreció pocos miles de pesos
por estas tierras al parecer estériles y poco propicias para cualquier industria
u aplicación práctica. La oferta se discutió y hubo de aumentarse y por fin se
concretó. Después de varios días, volvió "El Huracán" a Punta del Este y
regresaron todos a Montevideo.
No había pasado una semana cuando el Sr. Lussich llamó por
teléfono a Samuel Blixen y radiante de alegría le anunció que acababa de comprar
Punta Ballena, firmando la escritura que extendió don Manuel Alonso. Es de
imaginarse la sorpresa de aquel a quien el señor Lussich, precisamente, le había
discutido respecto de los encantos de estos lugares, en el viaje que dejamos
narrado antes. Tal es, a grandes rasgos, el proceso de la compra de esta
posesión por parte del Sr. Lussich
|